De Madrid a Hanoi, en un suspiro catarí

Salimos de Madrid el sábado 22 de marzo a las 3 de la tarde, en vuelo de Qatar Airways, vía Doha. El vuelo tiene un primer tramo de poco más de 6 horas hasta Doha y después de cambiar de avión, hay un segundo tramo largo, de algo más de 9 horas, hasta Hanoi, con una escala técnica en Bangkok de una hora escasa. Es la primera vez que hacemos este viaje con Qatar Airways, que ofrece mucho mejores precios y sobre todo, mayor franquicia de equipaje (36 kilos frente a sólo 20 de la Thai) que Thai Airways, que es la que ha sido nuestra línea aérea hasta ahora; lo cual es esencial para el viaje de vuelta, cuando se ha puesto una morada de comprar maravillas a precio de saldo por esos lares vietnamitas y trae la maleta que estalla. En este primer tramo a Doha sí hay bastantes españoles, entre otros un equipo de expedicionarios de esos que hacen programas del tipo Al filo de lo Imposible, equipados con camisetas y chaquetas con el logo del banco que les patrocina y que, por lo que dicen de que después de Doha tienen un vuelo de 4 horas, creemos que deben ir para el Himalaya indio. También se ven unos cuantos hombres de negocios, de esos tiburones del ladrillo a los que se les ha acabado el chollo patrio y ahora van en busca de una nueva tierra de promisión. No hay parejitas de luna de miel ni turistas depredadores de niños, como suele ser habitual en los vuelos de Thai. La crisis, quizá.

La comida está bien, aunque tampoco es de tirar cohetes, pero al menos no se olvidan de mi menú vegetariano. A Blanca, que se le olvidó pedir menú vegetariano cuando hicimos la reserva, le ponen comida muy especiada y acaba por no probar prácticamente bocado durante el vuelo. Veo 2 películas buenas, que recomiendo: Philomena, una historia de niños robados a cargo de unas poco recomendables monjitas en la Irlanda ultracatólica de los años 50, protagonizada por esa maravilla de señora que es Judi Dench, a la que me encanta escuchar en inglés; y Dallas Buyers Club, una historia dura de los 80, de cuando los antriretrovirales para tratar el SIDA no estaban legalizados en los Estados Unidos y había que conseguirlos en el mercado negro, protagonizada por un Matthew McConaughey en los puros huesos, que ha debido perder unos 30 kilos para encarnar a un enfermo de SIDA y un Jared Leto haciendo de travesti y drogadicto, a los que muy merecidamente han premiado con sendos Oscars el mes pasado. La compañía intercala entre película y película ese anuncio protagonizado por los jugadores del Barcelona, equipo al que patrocinan, en el que por supuesto no aparecen ni el fraude fiscal del papá de Neymar ni los cientos de miles de esclavos sin derechos laborales, procedentes de sitios como Nepal, Afganistán, Pakistán, Laos o Myanmar, con los que el emirato catarí está levantando los flamantes estadios y pabellones en los que se desarrollará el Mundial de fútbol de 2022 que se han comprado a puro golpe de talonario con los petrodólares en los que nadan (a ver si no de qué van poner a jugar al fútbol a más de 50 grados y con riesgo de paro cardíaco fulminante, a tipos que han costado decenas de millones de Euros a sus clubes). La frasecita del final: “Qatar Airways y el FC Barcelona, un equipo que une al mundo” me da ganas de hacer uso de las bolsas de papel previstas en la cestilla de delante de mi asiento. Podéis ver el vídeo aquí:

Llegamos a Doha con unos 25 minutos de retraso y debemos darnos prisa para hacer la conexión y rezar a Alá, que es grande y misericordioso, durante todo el transbordo, rogándole que nuestras maletas también se den prisa y cambien de avión con nosotras. La terminal de Doha es de lo más corriente y moliente, nada que ver con los oropeles y palmeras doradas y tiendas de perlas y oro de todos los kilates posibles de sus vecinos de Dubai, en el Emirato de aquí tabique por medio. Tenemos el embarque más de una hora antes de la salida del vuelo y cuando franqueamos la puerta 35 y nos montan en los autobuses para ir al avión, entendemos porqué: nos pasamos 25 minutos largos cambiando de terminal por una autovía que corre paralela a las pistas. Nos acabamos preguntando si en lugar de cambiar de terminal, no estaremos cambiando de aeropuerto y hasta de ciudad y yo me maravillo de que esta gente piense organizar un mundial de fútbol y mover a los millones de pasajeros que eso conlleva, con estas infraestructuras y estos traslados aeroportuarios de 25 minutos en autobús. Supongo que de aquí a 2022, que es la cita futbolera, tendrán tiempo de mejorar las cosas.

En el trayecto de autobús presenciamos el patético espectáculo de un jubilado canadiense francófono que viaja a Hanoi con su esposa y unos amigos y que se ha debido pasar bastante de vodkas en el vuelo que le ha traído hasta aquí, porque intenta comunicarse en inglés con otro pasajero al que acaba de conocer en el autobús y no da pie con bola. Llegamos a la conclusión de que la mujer también debe ir pasadita de copas, porque le ríe las gracias y si fuera sobria, le habría echado al marido una bronca del 3 allí mismo. Que ya nos conocemos todas…

El avión que nos lleva a Hanoi es otro Boeing 777 como el que nos ha traído hasta aquí y como el avión malayo desaparecido, que a fecha de hoy siguen buscando a lo largo y ancho de los Mares del Sur. Blanca y yo tenemos de nuevo asientos a ambos lados del pasillo y a ella le cae a su izquierda una parejita argentina (toma crisis) con la que pronto entabla conversación sobre las maravillas turísticas que ofrece Vietnam. A mí me cae a mi derecha y en las filas de delante y detrás, un grupo de jubilados polacos que van en viaje organizado y no hablan ni papa de inglés, pero que se dan la vuelta en el asiento y no paran de hablar y hacer tertulia con los de la fila de delante y de atrás. Son pesadísimos. El guía, que ha caído en otra parte del avión, viene a verles cada poco y así tienen alguien más a quien incluir en la tertulia. No dejo de pensar que tienen una pinta que tumba de ir de viaje de peregrinación, pero me pregunto qué santuario católico puede haber por estas tierras budistas y oficialmente ateas.

El avión para en Bangkok, donde suben unos pocos pasajeros nuevos y se baja la mayor parte del pasaje que viene de Doha (los que vamos a Hanoi no nos movemos, salvo para confirmarle a la azafata que esos bultos que han quedado en los armarios superiores son todos nuestros), cambiamos de tripulación (casi 20 azafatas impecablemente peinadas y maquilladas, no como las de Iberia, que van todas desmoñadas y sin pintar y les importa un pepino) y sube a bordo un auténtico ejército de eficientísimas limpiadoras, con chalecos verdes reflectantes, que en 20 minutos escasos pasan la aspiradora por debajo de nuestros pies y repasan cada asiento, reponiendo el pañito del reposacabezas, la manta, la almohada y colocando el cinturón de seguridad encima del asiento, no colgando por los lados. Comentamos que mantener una cosa así sólo es posible en países como Tailandia, con sueldos de miseria, aunque al paso que va la caída de los salarios en España, pronto será posible ofrecer estos servicios en Madrid Barajas (o Adolfo Suárez-padre-de-la-patria International Airport o como sea que lo vayan a rebautizar).

Llegadas a Hanoi, pasamos el control de pasaportes y las maletas tardan lo suyo en salir, aunque afortunadamente nada en comparación a la hora y media larga que tardaron en el viaje que hice aquí en enero del año pasado. En cualquier caso, nos sentimos muy aliviadas de comprobar que Alá ha escuchado nuestras preces y no se han quedado en Doha. Hanoi nos recibe con 16 grados muy escasos y una buena manta de agua. Cambiamos dinero y nos convertimos repentinamente en millonarias (casi 29.000 Dong por cada Euro), compramos la tarjeta del móvil (sólo 5 Euros, que dan para hablar todo lo que quieras) y nos dirigimos en un taxi al hotel habitual (el Army Hotel, una residencia militar en el céntrico distrito de Hoan Kiem, muy cerca de la Ópera). Comprobamos cuánto ha avanzado desde el año pasado la obra de la nueva terminal aeroportuaria que están contruyendo los japoneses, para conmemorar sus 50 años de amistad con el pueblo de Vietnam (o sea, en roman paladino, para redimir las muchas atrocidades que cometieron por estos lares durante la Segunda Guerra Mundial) y que los de Panasonic han abierto otra fábrica más, pegada al aeropuerto. Cruzamos los inmensos puentes sobre el estuario del Río Rojo (tan gris plomizo y contaminado como siempre) y aprovechamos el trayecto en coche para llamar a casa diciendo que hemos llegado (son las 9.30 de la mañana del domingo en España) y avisamos también a nuestra amiga Hop, la directora de la ONG Centre for Sustainable Rural Development (SRD), nuestro principal socio local en Vietnam. Hop está en la oficina, junto con Ngan, la directora financiera y subdirectora, porque están ultimando la reunión de donantes que celebran el lunes en un hotelazo de Hanoi y a la que, por supuesto, estamos invitadas.

Llegamos al hotel, tomamos posesión de la habitación y descansamos un poquito, pero rápidamente se hacen las 6.30, que es la hora a la que vienen a buscarnos Hop y Ngan, para ir a cenar. Nos llevan a un restaurante nuevo, que queda cerca del hotel, con una escalera muy aparatosa llena de lucecitas y toda la decoración en blanco. SAM_1821La cena es de tipo bufet y cuesta sólo 16 dólares por persona. Yo siempre digo que poner un restaurante tipo bufet en este país es una verdadera ruina, porque los vietnamitas devoran como auténticas termitas y no se  entiende cómo pueden cobrar sólo 16 dólares por persona, porque pierden dinero, fijo . Hop y Ngan nos apremian a que comamos y piden hasta que nos traigan una langosta. Hacemos lo que podemos, pero casi a lo que más le pegamos es al sushi, que lo hay buenísimo en el bufet. SAM_1814

Nos ponemos al día y nos cuentan lo que hay previsto para el día siguiente, que es la reunión de donantes, y nos informan de que debemos estar allí a las 8.30, para empezar la reunión a las 9.SAM_1815

Terminada la cena, como no contábamos con que viniera también Ngan, le damos discretamente a Hop en el coche los regalos que le hemos traído (un bolso de un verde muy primaveral y unos pendientes, de la joyería donde trabaja Blanca) y nos dejan en el hotel y nos vamos a la cama, no inmediatamente como deberíamos (nos liamos a hablar entre nosotras y con la familia por whastapp y skype), sino un poco demasiado tarde, lo cual será ya la tónica habitual durante todo el viaje (dormir poco y menos).

 

 

 

 

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6 respuestas a De Madrid a Hanoi, en un suspiro catarí

  1. Es verdad que la terminal d Doha no es tan lujosa como la de Dubai, pero no sé si es porque la parte que vimos era sólo para tránsitos. No ves el resto del aeropuerto que, según me pareció a mi también, está todo desparramado y sin fingers. ¿Para cuando la segunda parte?

    • Bueno, descuida que con la pasta que tienen y lo que explotan a la gente, para el Mundial de 2022 lo tendrán todo alicatado en oro hasta el techo. La siguiente entrada se está cocinando, descuida.

  2. Marta Carreño dijo:

    Digo yo, que en esa maleta a rebosar de baratijas, habrá hueco para algo para mí, ¿no?
    Pat, me parto leyéndote; es como si te tuviera al lado, contándome tu experiencia en la cocina de Manos,
    Saluda a Hop de mi parte. Besos a las dos

  3. gonzalo "el maño" dijo:

    Imagino q te acordaras de tu “guarda espaldas favorito…..”

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